Tres meses en mi nuevo trabajo.

Los que me siguen en tuister ya lo saben, pero llevo tres meses trabajando como comercial para una empresa médica. Las perspectivas de seguir en ciencia en España son malas, seamos realistas, y me surgió esta oportunidad que no pude rechazar.

El caso es que en estos tres meses, mi visión de todo este mundo ha cambiado bastante y me gustaría compartir mis reflexiones con vosotros.

En primer lugar, quiero enfatizar lo bien que me ha sentado el cambio de trabajo. Si amigos, fui investigador durante más de doce años y, a pesar de que cada día es diferente, de los diferentes proyectos y los retos diarios, he descubierto que era capaz de hacer mi anterior trabajo sin mucho esfuerzo. Al cambiar me he tenido que reciclar y, por lo tanto, he tenido que ejercitar “músculos” mentales que hacía años que no movía. Este cambio drástico de esquemas me ha rejuvenecido, lo cual no es mala noticia. Volver a sentir los nervios del primerizo, la incertidumbre de no saber que hacer no es agradable, pero sienta bien. Otra consecuencia agradable del cambio es una mejora en la forma física, ahora voy de aquí para allá, subo escaleras y camino mucho más de lo que lo hacía metido en un laboratorio. Se que está de moda lo del running y esas mierdas, pero nada mejor que caminar de manera natural en el día a día.

En segundo lugar, estoy disfrutando por el momento con el trabajo. Si amigos, sigo al servicio del público que es algo que me gusta, ahora con menos amor al arte y demás, pero al servicio de todos al fin y al cabo. (No es mal momento para recordar que como científico mi principal motivación era mi satisfacción personal y mi ego, el avance de la Ciencia me era muy secundario). Mi papel en la curación de una persona es muy pequeño, obviamente, pero suficiente para darme fuerzas para levantarme cada día y hacer que me tome las cosas en serio. Aprendo algo nuevo todos los días e interactúo con gente maja, así que no hay queja.

Pero en lo que más ha cambiado mi visión es sobre las grandes empresas médicas [Insertar música terrible aquí]. Antes pensaba que estas grandes corporaciones eran monstruos insaciables al servicio del capitalismo más salvaje y que uno como empleado de las mismas no era más que un esbirro al servicio del mal. Hombre, hermanitas de la caridad no son, desde luego, pero no son Satán en la Tierra. Para empezar, existen unas leyes que regulan todos los aspectos del negocio. Leyes aprobadas en beneficio del ciudadano en Europa, en beneficio del inversor en EEUU. Ante cualquier conducta ilegal por mi parte, como podría ser un soborno, me sancionarían en Europa por tratar de pervertir a un funcionario público y luego me extraditarían a EEUU por ir contra el juego limpio de la economía de mercado. Como me recuerdan cada semana en los cursos corporativos, a la empresa la sancionan con millones de $ y a mi me extraditarían para juzgarme y meterme cinco años en una cárcel estadounidense. Poca broma.

Si, ya lo se, “la empresa lo hace porque se lo imponen las leyes, si le dejasen hacer sería terrible…” Pues tampoco. Estuve de formación en EEUU dos semanas y la mitad del curso se centró en recordarnos todos los casos en los que no debemos recomendar uno de nuestros productos por apropiado que parezca. Y esto por una razón: cada producto tiene detrás un ensayo aprobado por la FDA estadounidense que determina sus indicaciones. Salirse de esas indicaciones no tiene por qué ser malo, pero ya no cuenta con la cobertura científico-administrativa. Vender productos que luego no funcionan, a la par que no ser ético, es perjudicial para la compañía, pues la clave de su negocio es curar pacientes PUNTO. Vender material que luego no va a servir de nada es la mejor forma de dejar de vender material. Dicho de otra forma: la propia lógica del negocio hace que el comportamiento de la compañía sea muy similar al que tendría si fuera una ONG. Puede parecer una afirmación provocadora, pero es así.

Eso no quiere decir que haya terrenos grises. Los hay, la ley los permite deliberadamente y es donde hay que moverse con cuidado, sentido común y sentido ético. Esencialmente son los mismos grises que yo ya observaba cuando era científico y siempre procuré guiarme por lo que me dictaba mi moral y mi ética profesional. Ahora hago lo mismo, pero desde el otro lado. Imagino que esto os pase a vosotros también y que cada uno hace su examen de conciencia particular, aquí ya no importan las leyes y los códigos éticos: es la persona la que importa y sabéis de sobra en qué mundo vivimos. Reconozco que uno de los miedos que tenía al enrolarme en este trabajo era entrar en conflicto con mis ideas y mi moral. Afortunadamente no es el caso, en parte gracias a las leyes que os menciono más arriba y a la libertad que tengo en mi día a día, pues yo tengo mis objetivos y es mi responsabilidad cómo llegar a ellos. Levantarme para ir a trabajar cada mañana sin darme asco a mi mismo por lo que hago es fundamental y estoy contento de no haberlo hecho nunca en mi vida.

Quizás lo más importante que he aprendido es que uno no conoce realmente algo hasta que no se mete de lleno y que, desgraciadamente, uno no puede meterse de lleno en todo. Por lo tanto sólo debemos de fiarnos de los que hablan de lo que conocen y huir del bocachanclismo rampante al que tan aficionados somos en España. Es difícil, pero ojalá todos lo hiciéramos.

De momento esto es todo. Imagino que comprendáis la vaguedad del post, pero no puedo ser más específico (de hecho no se si ya he desvelado demasiado, pero bueno, este nunca ha sido un blog muy popular y vosotros vais a ser discretos).

Besitos para todos!

Winners don’t use drugs.

Permitidme que os cuente una pequeña historia y, si acaso, podáis sacar alguna moraleja.

Hace quince días que mi suegro salió de la UVI. Había ingresado cuatro días antes con una insuficiencia respiratoria muy grave que lo tuvo al borde de la muerte. Mi mujer lo encontró en casa desorientado, con la piel azulada y casi sin poder moverse, unas horas más tarde y en vez de llamar al 112 hubiera tenido que llamar al tanatorio. Lo subieron al hospital con una saturación de oxígeno del 50% (muy, muy baja), lo atiborraron de antibióticos, broncodilatadores y le pusieron oxígeno por mascarilla. Pasó los cuatro días en la UVI desorientado, delirando y buscando un pitillo que decía que tenía en el bolso (complicado dado que estaba con una bata de hospital). Dado que sus constantes vitales mejoraron increíblemente rápido, lo bajaron a planta en cuanto descartaron la Gripe A. Al final mi suegro lo que tenía era una pulmonía derivada de un catarro mal curado, que le había llevado hasta esa situación de asfixia. Hoy, tras diez días en el hospital se encuentra mucho mejor que antes tanto física como mentalmente. Y con antes me refiero a mucho antes del catarro, yo diría que mejor que cuando lo conocí hace 12 años. Lo veo mejor de cabeza, más animado y mucho más despierto ¿Cómo?

El tabaco.

Lo primero que salta a la vista cuando a uno le cuentan el caso de mi suegro es preguntarse cómo con una pulmonía uno puede quedar al borde de la asfixia. Si, una pulmonía es grave, pero no tanto como para ahogarse estando sentado en un sofá. La respuesta es sencilla: el tabaco. Mi suegro fumaba una cajetilla diaria de puritos farias (una puta mierda) y a pesar de someter a sus pulmones a semejante castigo nunca había tenido problema… hasta ahora. Seguramente tenga un cierto grado de EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) y estamos a la espera de pruebas para saber su gravedad. En principio podrá llevar vida normal, pero sabemos que ante cualquier problema pulmonar las va a pasar canutas. No sólo eso, sabemos también que cualquier cigarrillo que fume puede ser el último. Afortunadamente, el hecho de haber tenido un susto como este ha hecho reflexionar a mi suegro y de momento no se ve con ganas de fumar. Esperemos que dure.

El alcohol.

Mientras estuvo en la UVI, mi suegro tuvo delirios y alucinaciones. Nosotros, ingenuamente, pensamos que había sido por la falta de oxígeno, pero nos llevamos una sorpresa cuando el médico nos dijo la causa: Síndrome de Abstinencia Alcohólica. Mi suegro es de estos paisanos que comen y cenan con vino y que salen al bar a mediodía y a media tarde, no se puede decir que sea un consumo moderado, pero tampoco exagerado. Me atrevería a decir que bastante común para un jubilado de su edad. Pues bien, ese consumo diario basta para tener “mono” como un heroinómano. Lo más fuerte fue el comentario del médico diciendo que este síndrome de abstinencia es la causa principal de delirios tras un ingreso hospitalario. A mi suegro le han restringido la ingesta de alcohol a un vaso de vino a la hora de comer. Lo más gracioso es que ayer ni lo bebió porque dijo que le sabía mal. Su Rioja favorito.

La cabeza.

Como os decía, yo lo encuentro más despierto y más animado que antes. Desde que murió mi suegra había estado alicaído, huraño y abotargado, lo que achacábamos a la pérdida de su compañera durante 50 años. Ahora hemos descubierto con horror que lo que le tenía en ese estado mental eran el tabaco y el alcohol. Insisto en que su consumo de ambas sustancias no era nada exagerado, conozco fumadores más empedernidos y bebedores más exagerados, pero bastaban para tenerle sutilmente jodido. No nos hemos dado cuenta de lo anulado que estaba hasta que no hemos visto cómo está ahora. Recordaréis la escena de El Señor de los Anillos en la que Gandalf libra al decrépito Rey Theoden del conjuro de Saruman y éste rejuvenece ante nuestros ojos. Pues más o menos es el efecto que hemos visto con mi suegro.

Las conclusiones.

Generalmente, cuando nos hablan de los peligros de las drogas pensamos en heroína, éxtasis, metaanfetamina… drogas duras muy peligrosas que afortunadamente no están presentes en nuestro día a día. En cambio, pocas veces pensamos en los peligros de las drogas blandas, alcohol, tabaco, cannabis, aceptadas y celebradas por la mayor parte de nuestra sociedad. Del tabaco conocemos sus peligros, pero yo sigo viendo a un montón de gente joven fumando tranquilamente a pesar de que no aguantarían ni cinco minutos en una sala de la planta de neumología del hospital viendo a gente que no se puede separar de la mascarilla de oxígeno ni para mear. Los porros tampoco causan panico, al fin y al cabo no todo el mundo recuerda a ese compañero de instituto que se pasaba las tardes en el banco del parque fumando petas y al que ahora le cuesta mantener una conversación si te lo encuentras por la calle. El alcohol otro tanto de lo mismo. Quizá sea la más sutil de las tres, pues tiene mil maneras de joderle la vida a la gente. Tiene sus efectos físicos, desde luego, como la cirrosis, pero los peores son los mentales. Seguro que conocéis a alguna familia destrozada por culpa de un alcohólico, desde el caso icónico del borracho que llega a casa con ganas de partirle la cara a alguien hasta situaciones más sutiles en las que el alcohol se usa para esconder debilidades, para enfrentarse a los problemas (y acabar perdiendo el control de la situación) o, como en el caso de mi suegro, en el que el alcohol estaba anulando a una persona a la que le queda por vivir.

Así que, querido amigo, si fumas déjalo, si bebes pregúntate si ese trago es tan necesario para tu bienestar. Piensa en tu familia, tus amigos, tu pareja. Y recuerda…

¿Lo reconoces?

Mis tres años en Francia: El Balance.

Ahora que voy clasificando y metiendo cosas en cajas, creo que es el momento de desempolvar este viejo blog (que ha cumplido discretamente siete años) y hacer el balance de mi estancia postdoctoral en Versalles. Y lo haré por partes, que es como me gusta abordar este tipo de cosas.

El trabajo.

Pues qué queréis que os diga, en lo laboral la experiencia no ha podido ser mejor. A todos los niveles. Gracias a haber venido aquí he podido cumplir el sueño de mi infancia: ser un científico. No es que en España no lo fuera, pero obviamente no es lo mismo serlo en una universidad de provincias que en un centro que acaba sistemáticamente en el TOP10 mundial de todos aquellos que hacen biología vegetal.

El estar en un centro puntero me ha permitido descubrir cómo se hace ciencia al máximo nivel y para mi sorpresa he descubierto que no difiere mucho de lo que hacíamos en Oviedo. Si, como lo lees: las bases científicas, la ética profesional, los métodos y el equipamiento no difieren tanto entre lo que dejé allí y lo que tengo aquí. Es más, diría que en Oviedo tenía un equipamiento mucho mejor del que tengo aquí. Entonces ¿Cuál es el secreto? Pues ni más ni menos que la masa crítica. En Oviedo trabajábamos tres en mi grupo, bastante aislados del resto del mundo (física- y socialmente), haciendo la guerra por nuestra cuenta. Por el contrario, aquí en Versalles somos 12 en el grupo, interaccionamos con varias docenas más en el día a día y estamos en el seno de un centro donde trabajan 500 personas. El ambiente de trabajo, la cantidad de gente de la que aprender y el espíritu corporativo que hay en este centro es lo que marca la diferencia. Mientras que en Oviedo hasta el más nimio problema requería de nuestra atención, aquí la experiencia acumulada de tanta gente hace que sólo los verdaderos problemas exijan que trabajemos en ellos. Cualquier otro se soluciona cruzando el pasillo o cambiando de edificio.

Es este ambiente de trabajo, junto con las docenas de técnicos de apoyo que nos liberan de las tareas tediosas que sólo roban tiempo, me ha permitido pasar un año haciendo biología molecular de plantas, otro año haciendo microscopía (de la que apenas tenía experiencia) y el año final haciendo análisis de imagen. La cosa ha sido tan fantástica que ahora hasta programo mis propias macros en Java para hacer mediciones en mis imágenes. Si me dicen hace tres años que estaría haciendo esto, no me lo creería, pues me faltaban los conocimientos y, sobre todo, la confianza que da saber que saltas con red.

Si tuviera que resumir mi estancia aquí en una frase diría que por primera vez en mi carrera he conseguido desarrollar todo mi potencial hasta niveles que no conocía. Han sido muchos los días que he sentido que no era capaz de seguir el ritmo de mis compañeros, pero en general puedo decir con orgullo que me he ganado el dinero de la beca primero y del contrato francés después. Pero claro, yo aquí no vine por dinero, vine a aprender y a mejorar mi CV. En cuanto al aprendizaje voy sobrado, en cuanto al CV habrá que esperar al año que viene para ver qué publicamos. Sin embargo, dicha producción me parece irrelevante a la hora de valorar mi estancia aquí, pues el haber venido ya no es un medio, si no que ha sido un fin en si mismo. Y no sólo por la parte laboral, si no también por lo vivido aquí.

La experiencia personal.

En estos momentos, más que el trabajo, me importa más lo que he crecido como persona en estos tres años. Han sido 36 meses con momentos altos y momentos muy bajos. La separación de La Princesse ha sido menos dura de lo que pensaba, aunque ha tenido sus momentos malos, como después del fallecimiento de su madre. Sin embargo, a pesar de esos malos momentos (y seguramente debido a ellos), puedo decir que nuestra relación es más fuerte que antes de venirme. Darme cuenta del sacrificio que ella ha hecho por verme feliz ha hecho que mi amor por ella se haya multiplicado. Si al principio la excitación de estar aquí me hizo no echar de menos mi vida pasada, con el paso de los meses añoro volver a vivir con ella sin pensar que en unas horas alguien va a coger un avión. Es cierto que hemos viajado mucho y que hemos disfrutado de París a tope, pero hacerlo pensando que la magia se va a disipar con una despedida en un aeropuerto es algo que hay que vivir para comprenderlo. Afortunadamente, en un par de semanas se acaba y no pienso volver a separarme de ella más de una semana hasta el día que me muera.

Afortunadamente, en mi estancia aquí he encontrado mi propia red de amigos con los que he configurado una red de protección (y diversión) que me ha hecho la estancia más llevadera. Para mi sorpresa, casi todos ellos son españoles, pero eso es otra cosa que he aprendido: los españoles como conjunto homogéneo existimos y nos cuesta menos interactuar entre nosotros que con otras nacionalidades. Nos hemos divertido mucho, nos hemos apoyado y hemos tenido momentos memorables. Me es imposible valorar el enriquecimiento personal que estos amigos me han aportado y se que va a ser lo que más eche de menos al volverme a casa. De hecho voy a parar de escribir sobre ellos para no llorar.

Todo esto está muy bien, pero ¿Y yo? ¿He cambiado? Pues si, la verdad. Hacia afuera no me noto cambiado y dudo mucho que los me me conozcan noten algo, pero hacia adentro si que lo he hecho. En primer lugar, me siento con mucha mayor confianza en mi mismo. No es que antes me faltase, pero el hecho de tener que desenvolverme en el día a día solo y además en un ambiente diferente y no pocas veces hostil me ha hace sentir menos agobiado que antes frente a los problemas de la vida diaria. Ahora me enfrento a las dificultades con una tranquilidad para mi desconocida. En segundo lugar, el hecho de haber cumplido un sueño de infancia me ha liberado de un peso enorme que no sabía que llevase sobre los hombros. Seguramente La Princesse lo intuía, pero yo necesitaba cumplir ese sueño para liberarme de esa carga. Ahora que lo he hecho miro al futuro de otra forma: mientras que antes mi carrera me importaba bastante y era fuente de realización, ahora veo el trabajo sólo como un medio para ganarme el sustento y permitirme realizarme en otras facetas de la vida. Este cambio le parecería herético a mi yo de hace unos años, pero a mi yo presente le parece de lo más natural.

Así que aquí termina mi estancia en Francia. Una experiencia maravillosa que ha marcado mi vida para siempre, con la que espero dar la brasa hasta que me muera…

Publicado en Yo

El cambio de perspectiva.

El tiempo pasa rápido amigos: Así a lo tonto hace 26 meses (!) que trabajo en Francia, que se dice pronto. A principios de este año se acabó mi beca española de dos años y continúo haciendo lo mismo que hacía hasta ahora con un contrato francés asociado al proyecto con el que trabajaba. Este contrato terminará en Enero de 2014 sin posibilidad de renovación, por lo que he comenzado a pensar en qué haré entonces con mi vida. Diez meses pasan muy rápido.

Como ya dije en su día, el plan original de mi aventura francesa era aprender y mejorar mi CV para progresar en la carrera académica. Leyendo ese post que enlazo se ve claramente que estaba ilusionado por venir y podría decirle a mi yo del pasado que la decisión era correcta. A pesar de haber tenido momentos muy malos en lo personal, el balance hasta el momento es magnífico. He cumplido el sueño de mi vida, ser un científico, y lo he hecho en un ambiente ideal y un marco incomparable. He conocido a gente muy interesante y me paseo por París con la misma facilidad que por Oviedo, que no es poco. Además la distancia ha fortalecido mi relación con La Princesse, algo que a priori parecía imposible, pero que sin embargo ha pasado. La quiero más que nunca.

Sin embargo, leyendo el post también me doy cuenta de que ya no soy el mismo que vino. Hay algo en mi forma de plantearme el futuro que ha cambiado definitivamente. El hecho de venir y trabajar aquí ha trastocado mis planes completamente.

No os voy a engañar, la principal razón para venirme fue porque me consideraba una persona que (y cito)

(…) aspira en el futuro a integrar el sistema público de Investigación, asociado a una Universidad o no.

Es decir, vine a investigar a Francia como una etapa en un proceso gradual, como un medio para obtener algo y no como un fin en si mismo. Esto es fácil de comprobar viendo mi cuaderno de ideas, durante los primeros meses de mi estancia aquí me dediqué a llenar hojas con posibles proyectos de investigación que plantear a mi regreso a España. Son ideas rebosantes de ilusión, de ganas de mejorar lo que había conocido. Muchos proyectos son verdaderas gilipolleces, otros (los menos) son tan buenos que ya me los han pisado.  Sin embargo, a medida que han pasado los meses, los proyectos científicos comienzan a escasear (aunque son mucho más maduros, afortunadamente), y comienzan a aparecer planes B fuera de la Academia. Si, de forma completamente natural, he empezado a plantearme la herejía de abandonar la única profesión que he querido ejercer en mi vida. No es la primera vez que me lo planteo, de hecho es algo que tiene presente todo aquel que haya hecho una Tesis, pero si es la primera vez que pensarlo no me causa ningún remordimiento.

¿Cómo es posible que abandonar la carrera científica se haya convertido en una opción para mi?

Hay varias razones. La primera y más obvia es la total falta de oportunidades que me voy a encontrar al volver. Conocemos de sobra las razones y no pienso escribir ni una línea más del tema, que me resulta cansino.

La segunda tiene que ver con la sensación de plenitud que tengo desde que estoy aquí. No sólo por haber conseguido ser y sentirme como un científico, si no por justificar todo lo sufrido hasta ahora. Veréis, si miro hacia atrás veo que trabajar aquí aquí da sentido a haber hecho la Tesis, que a su vez da sentido a la carrera, que da sentido al instuto, que da sentido al colegio. ¡Si hasta el hecho de estar en Francia da sentido a haber empezado a estudiar Francés en 6º de EGB!. Esto nunca me había pasado en mi vida, siempre había un objetivo por delante a alcanzar. Sinceramente, estando donde estoy ahora he alcanzado lo más alto que mi carrera va a llegar. Así como suena, subir más está fuera del alcance de mis capacidades. Ya ahora tengo que esforzarme a tope para mantenerme al nivel requerido por mi puesto y estar a la altura de lo que mis compañeros requieren. He tenido una suerte inmensa llegando hasta aquí pero, seamos serios, soy Arbeloa en el Real Madrid, juego de titular pero se nota que me falta ese plus.

La tercera creo que es consecuencia indirecta de lo dicho anteriormente. Se resumiría en: después de haber conocido esto, no tengo ninguna gana de a trabajar en ciencia en España. Y no lo es por las razones que parecerían obvias, si, ahora trabajo en un grupo puntero, un centro puntero y con bastante financiación, pero eso también existe (existía) en España. Si, es cierto que ahora gano un buen sueldo, pero también es cierto que en Oviedo tenía el mismo nivel de vida que tengo aquí ganando menos de la mitad. No amigos, lo que me repele son esos pequeños detalles que en España daba por hechos y que aquí he olvidado:

No me apetece volver a ese ambiente funcionarial malsano, lleno de rencillas, de caciques y de inútiles que se aferran a una oposición como único hito en su historia laboral.

No me apetece tener que poner dinero de mi bolsillo para comprar un ordenador para trabajar, para pagarme un congreso o un curso de formación.

No me apetece volver a sentir la falta de respeto de mis compatriotas hacia lo que yo hago.

No me apetece volver a un sistema de asignación de puestos de trabajo opuesto a la meritocracia (que tampoco existe aquí, ojo, pero está más cerca).

No me apetece volver a una Academia en la que lo primero es la Ideología y lo segundo es la Razón.

No me apetece volver a ver a funcionarios con jornadas de 27h con los santísimos huevos de escaquearse y esgrimir su convenio para no arrimar el hombro.

No me apetece volver a ver a un liberado defendiendo el café para todos.

No me apetece volver a dar clase a 200 alumnos de los cuales sólo 20 deberían/merecerían cursar una carrera.

No me apetece comer mierda con la promesa de que algún día se la haré comer a otro.

No, amigos, no me apetece pasar por lo que otros están pasando por la posibilidad de tener una plaza a los cuarenta años. No a trabajar gratis. No a chupar pollas. No a migas para hoy. No. En Francia he aprendido lo que es el respeto y el respeto comienza por respetarse uno mismo. ¿Quiere todo esto decir que no pienso optar a trabajar en la Academia? De ninguna manera, sigo en la batalla y ojalá lo consiga, hay pocas probabilidades, pero mientras haya alguna ahí lo seguiré intentando. Lo que ocurre es que abandonar ya no me da miedo.

Ése es el cambio de perspectiva: estando aquí he cumplido el sueño de mi vida. La retirada ya es una opción.

Homo homini lupus

Déjame que te cuente una historia.

A lo mejor no sabes que mi suegra falleció hace unas semanas. Entre otras cosas, mi mujer se ha dedicado este tiempo a vaciar la casa de sus cosas para facilitarle la vida a mi suegro, mientras este pasa unos días con mi cuñado fuera. Mi suegra era una persona muy querida y su falta ha supuesto un duro golpe para todos. Una de sus cualidades era cierta tendencia a guardarlo todo, especialmente la ropa. No sabemos muy bien por qué, pero se negaba a tirar nada, como si en caso de apocalipsis nuclear vestirse fuera a ser una prioridad y la ropa un bien escaso y, por lo tanto, muy valioso. Por eso mi mujer se pasó unos cuantos días vaciando armarios y clasificando todo lo que su madre había guardado, ropa de señora de los últimos 30 años y también ropa de niña y adolescente. No fue tarea fácil, porque son momentos de nostalgia y de pena, máxime cuando yo no estaba en casa para esperarla. Aun así, gracias a su coraje y a las ganas de facilitarle las cosas a su padre filtró, cribó y seleccionó hasta conformar tres grupos: uno con la ropa todavía de moda para que la familia y amigos aprovechen, otro con la ropa para dar a los necesitados y otro grupo que fue directamente a la basura. El grupo para donar eran prendas en buen estado, pero completamente desfasadas o de tallas que nadie tiene en la familia. El concepto de moda o temporada está bien cuando vives acomodadamente, pero cuando la necesidad apremia poco importa que ya no se lleven las hombreras si el chaquetón abriga ¿Verdad?.

Con la ropa para donar llenamos ocho sacos (Diógenes, ya te digo) y decidimos llevarlos a los contenedores de recogida de ropa de la Fundación Humana. Pensamos en Cáritas, pero el ropero de Oviedo nos queda muy a desmano y no abre el sábado, imprescindible pues ella me necesitaba a mí para acarrear los bultos. Esta fundación es una buena alternativa, como ves, dedican la ropa a la obtención de recursos con los que financiar programas de cooperación al desarrollo en países que lo necesitan. ¡Qué mejor final para el abrigo blanco que tanto le gustaba a mi suegra que financiar una vacuna de un niño! ¿No crees? Así que nos dirigimos en coche al contenedor más cercano a nuestra casa. Y allí estabas tu, esperando a que llegáramos. Nada más vernos te acercaste y preguntaste lastimeramente si podías coger una bolsa. Eras menuda y bajita, como lo era mi suegra, y tu expresión indicaba que lo estabas pasando mal. Mi mujer te señaló la bolsa más grande, pues sabía que ahí estaba la ropa de invierno, pantalones de paño, jerseis, camisas y un par de abrigos, blanco incluido, que te ayudaría a no pasar frío en el invierno ovetense que, aunque no es muy duro, es mejor pasar abrigado. Cogiste la bolsa y te marchaste y nosotros acabamos de depositar la ropa en los contenedores y seguimos con nuestra tarde, contentos de haber ayudado a gente cercana y a gente lejana.

Pero la historia no acaba aquí. Por la noche quedamos con unos amigos para cenar, así que salimos de casa al punto donde nos habíamos citado. Acababan de sacar los cubos de basura a la calle y al caminar por una de las calles del casco antiguo mi mujer vió un cubo de basura lleno de ropa. Qué curioso, comentó, mi madre tenía una blusa como esa. Un momento, no era una blusa como esa, ¡Era esa blusa! Me es difícil describir los pensamientos que cruzaron por mi cabeza en ese momento. Mi mujer, con los ojos llenos de lágrimas por la rabia reaccionó rápidamente, entró en el super unos pasos más adelante y compró un rollo de bolsas de basura mientras yo avisaba a nuestros amigos de que llegaríamos tarde. Sacamos toda la ropa del cubo, afortunadamente no había basura y la volvimos a llevar a casa.

Al llegar a casa comprobamos que toda la ropa que te dimos por la mañana estaba allí.  ¡No habías cogido nada! El disgusto de mi mujer se fue transformando en rabia. Si no necesitabas la ropa o no te gustó ¿Por qué tirarla a la basura? ¿Acaso no crees que no pueda haber nadie más desgraciado que tu que la necesite? ¿Por qué no la escogiste delante del contenedor o nos preguntaste qué era antes de llevártela para tirarla al lado de tu casa?. Dejamos la ropa y volvimos al punto de encuentro con nuestros amigos. Y volvimos a pasar por tu portal y, sorpresa, a lo lejos venías tu. No vives en una chabola, vives en un piso viejo (un edificio apenas 10 años más viejo que el nuestro), con electricidad y agua corriente. Venías tranquilamente con un tipo, con ese aire que tienen las parejas cuando vuelven a casa después de tomar algo. Ya no tenías el aire de necesitada de la mañana, no, ahora tenías mejor pinta exterior, pero no podías ocultar cierto toque mezquino.  Afortunadamente, no nos reconociste y nosotros no teníamos ganas de contarte todo esto, porque total para qué.

Para tí seguramente haya sido la rutina de los sábados, hacer el paripé delante de los contenedores intentando engañar a los pringados como nosotros para coger las bolsas de ropa en busca de vaya usted a saber el qué. En cambio te puedo asegurar que para nosotros ha sido el hecho que nos ha jodido el fin de semana. Mi mujer no se merece que se insulte de esa manera la memoria de su madre y menos con su fallecimiento tan reciente. No se merece haber tenido que sacar de un cubo de basura la ropa con la que su madre la fue a recoger al colegio o con la que me recibía cada vez que iba a su casa. No, no se lo merece ni ella ni nadie. Afortunadamente, esa ropa ya está en los contenedores, que era donde tendría que haber estado desde el principio.

El disgusto se nos pasará, tenlo por seguro. Lo peor es que la próxima vez que un desconocido nos pida ayuda o limosna lo pensaremos dos veces, acordándonos de esta anécdota. Es duro, pero es así. Seguramente lo mejor sea seguir colaborando con asociaciones benéficas, capaces de canalizar la ayuda de forma eficiente y evitar que esta llegue a parásitos indeseables como tu.