Ponzonha

El blog donde la morralla tiende a acumularse.

Laurent Fignon DEP.

Supongo que hacerse mayor es ver como van cascando los ídolos de nuestra infancia. Está claro, la vida es una enfermedad letal de transmisión sexual y no pasa ningún mes que no lo recordemos.

Hoy toca uno de los ciclistas más míticos que en el mundo han sido: Laurent Fignon. Si seguistéis las noticias ayer, ya sabréis que es conocido por haber ganado dos tours (83 y 84, este último ganando cinco etapas), de hecho fue el último francés en conseguirlo. Tenía una imagen muy característica, con gafitas redondas, coleta rubia y una cinta en el pelo. Le llamaban “El Profesor”, demostrando que los franceses eran los intelectuales de los 80, porque  también llamaban así a Alain Prost. En su día también tuvo fama de antipático, de tener muy mala leche y de ser un faltoso, aunque ahora que ha fallecido suavicen esa opinión y digan que “iba siempre a la ofensiva” o que “no se callaba sus opiniones”. No sé a qué esperan a enseñar el memorable escupitajo a la cámara de TVE. Sin embargo, para mí Fignon era mucho más y para comprenderlo, hay que remontarse al Tour de Francia de 1989.

Como ya os he contado más veces, de pequeño yo era muy aficionado al ciclismo. No recuerdo los tours del 83 y 84, pero sí recuerdo que de aquella cortaban el bacalao Fignon, Hinault, Kelly, Lejarreta, Caritoux… al menos era los nombres que yo conocía de lo que oía en la tele. En el 89 ya era lo bastante mayor como para ver el tour, sobre todo porque el año anterior habíamos vuelto a tener un ganador con el no menos mítico Perico Delgado (de aquella en el equipo Reynolds). Así que mi primo y yo nos dispusimos a tragarnos el Tour en aquellas sobremesas de verano Leonesas en casa de los abuelos, sin duda lo mejor que se podía hacer con sólo dos cadenas de TV y un sol de justicia.

El Tour empezó en Luxemburgo y allí ocurrió uno de esos sucesos inexplicables que esperas que con el tiempo se aclaren: Perico (vigente campeón) llegó tarde a la salida de la crono y perdió bastante tiempo. A día de hoy no se conocen las razones. Para mayor INRI, en una contrarreloj por equipos el Reynolds pifió de forma monumental, lo que dejó a Perico a más de cinco minutos (creo recordar) del líder. En aquel equipo, por cierto, había un joven gregario Navarro llamado Miguel Induráin, que conseguiría ganar una etapa de montaña aquel año, a la postre el único triunfo en etapa en línea de su carrera en el Tour. Pero ya os digo que pasamos de él, porque los nuestros eran Delgado, Anselmo Fuerte y Álvaro Pino. El caso es que aunque Perico se mataba a escalar para recortar tiempo poco a poco, el Tour se estaba decidiendo entre Fignon y un estadounidense llamado Greg Lemond. Aquí es importante hablar de Lemond. Lemond había sido el primer no europeo en ganar el Tour y, aun a pesar de ello, seguía siendo un exotismo, pues los estadounidenses no se prodigaban en esto del ciclismo (luego llegaría Armstrong y Francia se llenaría de barras y estrellas). Era un verdadero pionero y de aquella se decía que en EEUU era un desconocido, razón por la cual a todos no caía simpático el pionero yanqui. Su carisma también se veía reforzada porque un año después de ganar el Tour tuvo un accidente de caza a lo Cheney y se decía que tenía varios perdigones todavía en los pulmones. Pero volvamos a Fignon, que es el prota del post. Lemond se puso de líder, pero en los Alpes Fignon se puso serio y se dedicó a atacar sin piedad al estadounidense. Hay que recordar que de aquella el Tour era para paisanos, y se ascendían todos los puertos míticos, tanto en Pirineos como en los Alpes. Fignon estuvo brillante en aquellas etapas de montaña, arañando unos segundos en cada etapa, demostrando que el Tour había que ganarlo al ataque, sin calculadoras y sin bonificaciones. Gracias a su combatividad, consiguió hacerse con el liderato y sacarle una cómoda ventaja a Lemond. Era el virtual ganador del Tour.

Así las cosas, Fignon llegó líder con 50s de ventaja sobre Lemond a la última etapa. Aquel año, en un alarde de originalidad, el Tour decidió que la mejor forma de terminar un Tour era con una contrarreloj de 24 km por París. Siendo como son los gabachos, estoy completamente seguro de que imaginaron que era lo ideal para que el ganador chupase cámara. Al fin y al cabo, en aquella época en 24 km contrarreloj no se podían sacar muchas diferencias. El día anterior, Greg Lemond había avisado que utilizaría algo llamado “manillar de triatleta”, un avance reciente en el ciclismo que para el que el americano había pedido permiso antes de empezar el Tour. Nosotros no habíamos visto nunca uno y aquella noche dormimos pensando en qué historia sería aquella de un manillar que permitía llevar los codos apoyados. Nadie le dió mayor importancia. Fué transcurriendo la etapa según lo previsto, los corredores salían y las calles de París hervían de franceses ondeando banderas esperando a que su Professeur ganara su tercer Tour. Lemond apareció con el artilugio de marras, pero los periodistas y, especialmente, la realización televisiva lo ignoraron, de hecho aún hoy es complicado conseguir imágenes del estadounidense en aquella última etapa.

Greg Lemond pedaleando hacia la victoria agarrado al famoso manillar.

Fignon salió con su bici clásica, maillot amarillo y coleta al viento. Rodeado por policías, cámaras de TV, periodistas y fotógrafos que no querían perder la oportunidad de inmortalizar al ganador del Tour delante de todos los monumentos de la capital francesa. ¡Qué gran idea la contrarreloj! ¡Maravilloso poder ver al campeón sin las molestias del pelotón!. A medida que Fignon iba completando la etapa, todo el mundo fue dándose cuenta de que Lemond estaba haciendo unos tiempos estratosféricos. Lógico, estaba vaciándose. A pesar de eso, el mítico Pedro González (que en paz descanse) y supongo que todos los franceses no creían que Lemond fuese a recortar los 50 segundos. Sin embargo y por si acaso se equivocaban, la realización mostró el último kilómetro íntegro de Lemond (ya os digo que habían pasado de él hasta ese momento). Tras entrar Lemond, las cámaras volvieron a Fignon. Hicieron los cálculos y vieron que tenía que llegar a la meta unos dos minutos después de volver a conectar con su cámara. Sin problemas, a Fignon se le veía pedalear con fuerza y ya estaba en los Campos Elíseos, por lo tanto muy cerca de meta. Lo que siguió fue uno de los espectáculos más crueles de la historia del deporte. De aquella no había referencias, ni GPS ni ostias. Cuando enfocaron a Fignon todos pensamos que estaba cerca de la meta, al fin y al cabo ni Lemond era tan superior al Francés ni el manillar de triatleta era mágico (o eso pensábamos). Pero iban cayendo los segundos y Laurent no llegaba, a pesar de llevar una formidable escolta de motoristas. Aun en la última recta (que es un poco cuesta abajo), nadie lo daba como perdedor ¡Sólo le faltaba llegar al final de la calle! (pero qué calle). Pedro González insistía que no lo iba a perder, pues a Fignon ya lo enfocaban las cámaras fijas, signo inequívoco de su proximidad al final. Sin embargo siempre había una cámara más. En un momento dado, el realizador, en un cruel movimiento decidió abrir el plano y de repente ante todos apareció la cruda la realidad: ¡Fignon estaba todavía lejos de meta! En ese momento todos (Pedro incluído) nos dimos cuenta de que lo imposible había ocurrido: Fignon había perdido el Tour a manos de Lemond. La tecnología había obrado el milagro. (Por cierto, mi primo y yo quedamos tan impactados que conseguimos que nuestro abuelo nos implementara un “manillar de trialtleta” a base de tubos y alambres en nuestras BH y Orbea (respectivamente). Todavía no comprendo cómo no nos matamos.)

Afortunadamente, gracias a youtube puedes volver a vivir este memorable instante del deporte, al que seguro que mis palabras no le han hecho justicia:

21 años ya de aquello.

Al final, Fignon tuvo que subir al podium como segundo y no como ganador. Aun así, no tuvo malos gestos y aceptó la derrota con cierto estoicismo. Dada su mala fama, es muy reseñable su comportamiento ejemplar en aquella ocasión.

Fignon, Lemond y Delgado en el podium del Tour de 1989. Nótese la cinta de Perico, con Banesto el patrocinador que heredaría el equipo Reynolds (que era papel de aluminio, por cierto).

Fignon siempre contó como favorito para el Tour hasta su retirada, pero para su desgracia, la aparición de Miguelón le privó de su tercera victoria. Y es precisamente por eso por lo que yo le tenía tanto cariño. Ahora se le recuerda por su brillante palmarés, pero para mí siempre será aquel ciclista de gafas al que el Destino le quitó la miel de los labios delante de sus aficionados, en uno de los momentos más crueles de la Historia del deporte. Fue un verdadero shock para mí verlo tirado en los Campos Elíseos, perdedor vestido de amarillo ante su propio público. En su momento pensé que era completamente injusto, pero con 9 años poco podía yo imaginar que la vida puede ser así de cabrona (y más).

Nunca más ha vuelto a haber una contrarreloj en la última etapa del Tour. Nunca más un Francés ha vuelto a oler el el Podium en los Campos Elíseos. Fignon apenas había cumplido los 50 años.

Descanse en paz.

Menos es más.

Ojo, este NO es un post patrocinado.

Desde hace un año más o menos hay en mi supermercado de confianza un brebaje para diluir con el nombre de menos es más (- es +). Lo venden como lo último en ecología y conciencia social y tiene pinta de refresco gafapástico. Yo, que soy curioso por naturaleza, lo quise probar desde el principio, pero la que manda no me lo permitía, pues su recuerdo del “hágalo Vd. mismo” se reduce al mítico Tang y claro, eso marca. El caso es que antes del verano la convencí para aprovechar una oferta y nos pillamos el Ice Tea al Limón, porque no me gustan ni los refrescos de naranja ni de limón (que son los otros dos sabores).

El produto de marras.

En el pack vienen dos botellitas, cada una para preparar 2L de refresco. Y ahí empiezan las ventajas. En lugar de cargar con 4kg, cargas con menos de medio kilo, que parece una tontería pero se nota. Pero lo mejor es el sabor. A mí el te frío me gusta mucho, pero el que se hace uno en casa (o el Té freddo que te puedes tomar en Italia). Tanto el Lipton como el Nestea me saben muy aguados. En este caso, aun diluyendo al volumen recomendado no queda tan aguado y me gusta más. Como el agua la pone uno mismo, supongo que cada uno podrá añadir más o menos para dar con el punto de su agrado. Como consecuencia de no llevar agua, el precio también es mucho mejor que sus competidores, más o menos la mitad de precio por litro. Y es que es un concepto bastante lógico, no me parece que haga falta darle el toque ecológico-buenrrollista para darse cuenta de que es un poco tonto pagar por agua del grifo. Sobre todo sabiendo que la mayor parte de los refrescos se hacen a partir de concentrados rebajados con agua a las afueras de tu ciudad (como es el caso de Oviedo, que tiene la embotelladora de Coca-Cola en Colloto)..

No parece que lo esté petando y a lo mejor es porque la gente no se ha atrevido a probarlo. Si te gusta el Nestea, yo creo que te merece la pena darle una oportunidad.

Origen/Inception

Desde que se estrenó la última película de Christopher Nolan la blogosfera se ha poblado de posts hablando maravillas de la misma. Como yo también la he gozado y no quiero ser menos, aquí os cuento lo que me pareció. Vaya por delante que yo fuí basándome en tres cosas: la opinión de gente a la que sigo en twitter, las ganas de mi mujer de ir al cine y el impresionante currículum de Nolan, que con Memento, El Prestigio y las de Batman ya tiene más que el 99% de los que se han puesto detrás de una cámara de cine.

Pero vayamos con Origen/Inception. Por cierto, Inception es más bien comienzo o inicio, conceptos que no veo del todo sinónimos con origen, pero dejémoslo así.

tl;dr:

La película dura 148 minutos y se me durmió la pierna… porque la película me absorbió tanto que se me olvidó cambiarme de postura.

Mi opinión.

Muy de vez en cuando hay una película que me deslumbra, que me emociona y que me sorbe la sesera. Inception es una de ellas. La anécdota que cuento más arriba puede ser un poco exagerada, pero es plausible. Jamás he estado en una sala tan abarrotada y tan silenciosa a la vez. Todos estábamos flasheados con la maravilla de Nolan. Y no es para menos. El amigo se ha marcado una de las películas de Ciencia Ficción más redondas de la Historia. Tiene un argumento muy sólido e interesante (algunos dirán que no es original, pero a mí me parece suficientemente original) desarrollado a través de unos recursos visuales excelentes. El reparto es bastante competente, con Leo Di Caprio a la cabeza. A este paso, el bueno de Leo va a acabar siendo uno de mis actores favoritos, pues no hace más que escoger buenos papeles (Diamantes de Sangre, Atrápame si Puedes, Infiltrados), menos mal que se ha librado del encasillamiento de galán pasteloso.

El caso es que, como en todas las buenas historias de Ci-Fi, Nolan plantea una tecnología coherente y explora las consecuencias de la misma. En un primer momento, parece que lo que se explora son las consecuencias “materiales” de la misma, pero al final de lo que trata la película (como en toda la Ci-Fi) es de explorar las consecuencias “emocionales” de la tecnología. En este caso es cómo interfiere la posibilidad de entrar en los sueños de otra persona con la relación amorosa del protagonista. Y no digo más para no meter spoilers. Al explicar los efectos “materiales”, Nolan se marca una película de acción excelente. El resto de los directores (el bobo de Michael Bay a la cabeza) hubieran metido más explosiones, una tía neumática y un guión de parvulario. Nolan no. Al explorar la relación del protagonista (con algún que otro momento perturbador), propone una reflexión al espectador de esas que ya no se ven mucho en una película de gran presupuesto. No se trata de ponerse cultureta ni pretencioso, pero Inception es de esas películas que reverberan durante unos días en el fondo de la mente. Sólo el paso de los años dirá si es una obra maestra (yo de momento lo dejaría en peliculón). Si decides ir al cine, no dudes en ir a verla, no te arrepentirás.

Para finalizar, una idea. ¿Qué hubiera pasado si James Cameron (otro bobo) hubiera puesto la tecnología de Avatar (peli que yo ya he olvidado) al servicio de una historia como la de Inception? Lo hubiera petado.

Libros de vacaciones.

Ya comenté que he consagrado estas vacaciones a la lectura. En julio me compré cuatro libros en Amazon para pasearlos por playas, terrazas y salones de la Côte d’Azur y de la Costa Verde. He tenido mucha suerte, porque cada uno de ellos me gustó más que el anterior. Sin duda, me han hecho disfrutar mucho más si cabe de las vacaciones. (No creáis que estaba yo sólo, mi mujer se ha metido entre pecho y espalda la trilogía de Millenium, que leeré en cuanto ventile lo que tengo pendiente).

Voy a comentaros los libros, por si acaso a alguno os interesa. No voy a meter spoilers, así que tranquilos. Los leí en inglés, pero os señalo el título de la traducción (si la hay) para vuestra comodidad.

  • Foreskin’s Lament (Lamentaciones de un Prepucio). Shalom Auslander. Los recuerdos de infancia de un niño criado en una familia ultraortodoxa judía en Nueva York. Uno de esos libros que te hace reír a carcajada limpia, aunque no está exento de drama. Tiene un estilo muy honesto y directo y cuenta algunas anécdotas que obligan a volver a la solapa para comprobar que lo que se lee es realidad y no ficción. En muchas reseñas se dice que es el antídoto antirreligioso definitivo, porque expone sin tapujos todas los preceptos chorras que tienen que seguir los judíos, pero yo no diría tanto. En todo caso es el antídoto contra el dogmatismo, el fanatismo y el sectarismo al que muchos niños se ven expuestos, ya sea religioso, político o de cualquier otro tipo (futbolístico, por ejemplo).
  • Taking the Medicine. Druin Burch. Una breve historia de la medicina centrada en cómo ha ido evolucionando la fundamentación de las ideas médicas. Es decir, de cómo se pasó de las creencias… a las evidencias. A través de capítulos cortos, el autor va poniendo ejemplos para ir apuntalando la idea central del libro: que los pacientes deben ser tratados exclusívamente con tratamientos que se hayan demostrado efectivos en ensayos de doble ciego. Y por el camino, palos contra las farmacéuticas, los gobiernos y los propios médicos, que a día de hoy siguen prescribiendo sólo un 80% de tratamientos bien fundamentados. Aunque está escrito por y para médicos, es lo suficientemente accesible como para que cualquiera con un mínimo de preocupación lo lea. A mí me encantó.
  • First Light. Geoffrey Wellum. Las memorias de un piloto de Spitfire durante la batalla de Inglaterra (Segunda Guerra Mundial). Ahora que me estoy aficionando a la historia bélica, este era un libro que pensé que sería el equivalente aéreo del fantabuloso Iron Coffins… pero no. Y no es culpa del libro, pues está muy bien y es muy entretenido, el caso es que no me llegó tanto como el del comandante de submarino. En parte es porque la vida de un piloto es infinitamente más fácil que la de un submarino. Sí, hay derribos amigos y enemigos, mueren muchos compañeros… pero por la noche duermen en territorio amigo. Y eso, como reconoce el autor, es una ventaja que pocos soldados tienen en guerra. Como digo siempre, cuanta más historia bélica leo, más pacifista me vuelvo. Y es la misma conclusión a la que llega el autor, cuando está en el aire es una lucha por la supervivencia pura y dura, o tú o yo, pero cuando vuelve a la base después de derribar a un enemigo siempre tiene un recuerdo para esa vida que acaba de segar.
  • Masters of Doom. David Kushner. El mejor para el final. Es la historia de id software, o lo que es lo mismo, la de John Romero y John Carmack, el dúo que cambió la historia de los videojuegos con Doom y Quake. Es verdad que el tema me toca de lleno, pues yo viví los acontecimientos que describe el libro: jugué al Doom (I y II) en su momento, leí los planes de Romero para el Daikatana en las revistas, jugué al Quake I, II y III Arena (en su momento y al III todavía hoy), jugé al Heretic, al Hexen, al Wolfestein 3D… (benditos CD-Mix). Vamos, que me he sentido identificado con muchas cosas que se cuentan en el libro. Sin embargo eso no le quita ni un ápice de interés, pues está escrito de forma primorosa, a pesar de que conozco cómo fue la historia, no he podido evitar engancharme a su desarrollo y participar del suspense que genera el autor. Todo un mérito. Creo que es un libro que gustará a cualquiera interesado en los videojuegos, a la informática o la tecnología en general. Yo me he quedado flipando con la historia que hay detrás de esos títulos tan queridos, una historia de amistad, simbiosis y ambición. Pero sin duda, he flipado con John Carmack (como bien predijo megateto, lector habitual del blog) un genio prodigioso y un tanto rarito.

Nada más. Los que me conozcáis en persona y queráis leer alguno, no tenéis más que pedírmelo. Ya sabéis que estoy encantado de compartirlos (y La Princess más, que así no andan atravesados por las estanterías).

Maravillas de la Internet del 27-7 al 23-8

Disfrutad de lo mejor de Internet que he seleccionado del 27-7 hasta el 23-8:

keep looking »