Tengo una serie de posts preparados pero los últimos acontecimientos me obligan a hablar de ciclismo. No sé si lo he mencionado antes, pero soy un consumado practicante de sillonball y el ciclismo es uno de mis favoritos de siempre. Como los de mi generación me enganché con Perico, disfruté con Induraín, probablemente el mayor caballero que ha habido sobre un sillín, vibré con Pantani, me gustaba Chiapucci y siempre defendí a Virenque. Ver el Tour de Francia en aquellos veranos en el pueblo era algo que yo ya esperaba desde primavera. Cuantas tardes entretenidas pasamos mi primo y yo viendo a ciento y pico locos dando pedales por las carreteras del país vecino. Locos, héroes, gente con cojones, grandes deportistas, generosos y nada quejicas. A finales de los noventa perdimos la inocencia. El asunto Festina destapó una compleja trama de dopaje organizado a nivel de equipo que apunto estuvo de acabar con el ciclismo. Era obvio que no se puede uno meter un Tour a base de spaghettis y filetes pero ese turbio affaire nos pilló como por sorpresa. Se produjo una purga y pensamos que se había acabado la pesadilla, en el fondo eran sólo unos pocos. Llegó la era Armstrong y calló un terrible velo negro sobre este deporte. Con el americano fueron los peores momentos, un ciclista tallado a base de anabolizantes tras su cáncer, abusón, prepotente y tremendamente aburrido (por fuera de serie) hizo que dejase de ver mi querido Tour. Pero ahí no acabó la cosa, llegó la operación Puerto y descubrimos que el dopaje no era asunto de unos pocos. Éso sí que fue un golpe. El ciclismo que conocimos no era el deporte puro y viril que creíamos, era un experimento en el que una serie de médicos competían para ver quién criaba al mejor purasangre a base de hormonas, transfusiones y demás mierdas. Una vez destapado el tomate empezaron a caer corredores y directores (sabíamos que eras un cabrón Manolo Saiz). Y por si fuera poco, Bjarne Riis, el verdugo de Miguelón acaba de confesar que le ganó dopado. Demasiada mierda y muchas vidas en juego por un deporte. Vidas como las de El Tarangu, El Chava Jiménez y Pantani, cuyo sacrificio a este Dios laico todavía es en vano.
Tour 2007. El primero tras la operación Puerto. Se suponía que el primero limpio en muchos años en virtud del miedo que han cogido todos a cargarse la gallina de los huevos de oro a base de inyecciones. Justo cuando empezábamos a reconciliarnos con este bello Deporte (así, con mayúsculas), cuando volvíamos a ver a estos héroes con los inocentes ojos de un niño, al pollito Rassmusen, a Contador (que me recuerda a Perico) y a esos otros protagonistas que no dicen nada (el Galibier, el Aubisque, el Tourmalet) nuestro sueño se ha tornado pesadilla. Alexandre Vinokourov, el kazajo más famoso de la historia, un jabato de la carretera, un tío que iba a arrasar y por una caída pierde el Tour. Ése, que nos iba a devolver la ilusión, se dopó haciéndose una transfusión homóloga. Volvemos al principio. Volvemos a la oscuridad.
Mañana voy a seguir por la radio la batalla de Contador y el danés, pero no me apetece acercarme a la cafetería de medicina a verlo por la tele. Lo siento sobre todo porque quiero creer que la mayoría son auténticos, que son de verdad fruto de una afortunada combinación de genética, talento y entrenamiento pero no puedo. Las pruebas son demasiadas. Algo huele a podrido.
Que suban menos puertos, que anden menos kilómetros, me da igual. Pero que sean de verdad. Que no sean unos yonkis sobre ruedas:
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