Por azares de la vida hay veces que estás unos meses sin pasar por una calle de tu ciudad y cuando vuelves a pasar algo ha cambiado. Ayer pasé por la calle de El Rosal, un clásico de la noche ovetense, y pude ver que van a derribar un edificio con cierto significado para mí. Van a tirar el edificio en el que se encontraban los recreativos Las Mil Millas. Las Mil Millas era la sala de máquinas recreativas más antigua de las que quedaban en Oviedo. La sala era pequeña, media docena de máquinas contra una pared, cuatro o cinco en el centro, una de coches en una esquina y cuatro futbolines era su oferta y, sin embargo, resistió muchos años la crisis que acabó con otras mayores y más ilustres porque su localización y su horario nocturno los sábados la habían hecho parada obligada para frikis, viciados y nostálgicos en sus noches de juerga. Digo nostálgicos porque la última vez que estuve todavía tenía juegos míticos como el Metal Slug o el Windjammers. También es justo decir que era una sala con una edad media bastante alta, de la que los pequeguays salían escopetados al ver que la mayoría de los juegos eran en 2D. La atendía un matrimonio mayor al borde de la jubilación, gente extremadamente amable y entrañable que siempre contó con la complicidad de los parroquianos para resolver los típicos problemas de un garito así.
¡Cuantas horas he pasado en Las Mil Millas! Aero Fighters, Cadillacs and Dinosaurs, Gauntlet 2… y, sobre todo, la saga Tekken (2, 2beta, 3 y TAG) a la que tuve un vicio cosa mala durante la carrera. Supongo que todavía estaría alguno de mis records usando equipos tan bizarros como Kuma-Roger, tan propios de mi excéntrica persona. Es curioso que todavía me saludo con tres o cuatro tipos que sólo conozco por haber jugado con ellos en aquellos días de cambio de siglo (toma ya).
Cierra un sitio que sólo me trae buenos recuerdos, sirva este post para expresar mi agradecimiento y para desear que les hayan dado una buena pasta por el local y se paguen unas vacaciones como Dior manda, porque eran merecidas.