Vamos a ponernos a mediados de los 90.
Yo era un niño bastante esmirriado, pero más inteligente (que no más listo) que mis compañeros y con mucha facilidad para sacar la lengua a pasear. Llegué nuevo a un Instituto, sin amigos ni conocidos, pero creyéndome superior al resto, en aquella época no me importaba estar solo. Más o menos a la semana de entrar en el Instituto, en una conversación entre clase y clase, B (llamémosla así) estaba fardando de su última conquista de fin de semana. Digamos que B era una clase de chica de las que ya no hay ahora, muy atractiva, muy “peligrosa” (fumaba y todo con 14 años) y muy segura de su incipiente sexualidad pero que no descuidaba sus estudios y tenía muy claro que quería llegar lejos en la vida. Ojo, que tenéis que tener en cuenta que era 1994, que España ha cambiado mucho en estos años. Volvamos a la conversación, B estaba contando con números de dos cifras los chicos con los que se había enrrollado. Yo estaba relajado, apoyado en un radiador y se me ocurrió que sería gracioso echarle en cara su ligereza de cascos.
-¿Otro para añadir a la larga lista? Fueron mis palabras.
No se muy bien cómo, lo siguiente que recuerdo es un impacto brutal en las gónadas que me tiró al suelo sin respiración. En un principio, mis compañeros se rieron mucho, pero (según contaron más tarde) el hecho de que yo no respirase y me estuviera poniendo de tono morado les preocupó bastante. La primera en darse cuenta fue B, que se lanzó al suelo a cogerme entre sus brazos y a pedirme perdón. Lo que en otra circunstancia hubiera sido un momento de arriming the little onion, para mí es un recuerdo falso, porque he de decir que yo estaba completamente noqueado. Con gran esfuerzo, me levanté y llegué a clase sufriendo como un perro. Creo que tardé días en caminar tranquilamente y alguna semana en volver a masturbarme, tal fue el traumatismo testicular.
El caso es que B se debió sentir muy culpable de estar a punto de castrarme, así que se preocupó tanto por mí que se hizo mi amiga. De hecho hasta incluso nos sentamos juntos en 2º de BUP, para envidia de los machitos de la clase. Nuestros intereses nos separaron en 3º y en COU (ella era de letras), pero en el viaje de estudios se convirtió en mi salvaguarda para evitar que me puteasen excesivamente (por ejemplo, me maquillaron al dormirme en el autobús). Conste que yo siempre la vi fuera de mis posibilidades y que nunca hubo otra cosa que no fuera amistad. Al empezar la carrera perdimos el contacto. Afortunadamente, a través de terceras y cuartas personas he sabido de ella todo este tiempo. Le fue bien la carrera y estaba preparando oposiciones de altísimo nivel al funcionariado de la UE, que estoy seguro de que iba a sacar, porque valía mucho.
Acabo de enterarme de que un desgraciado accidente de coche ha truncado sus aspiraciones. Unos cuantos días en coma parece que le han dejado tales secuelas que ya no va a preparar oposiciones. Pudo haber sido peor, al menos está entre nosotros, pero es una gran putada. Que todas tus ilusiones se vayan al traste antes de los 30 años es algo que me hace pensar lo suertudo que soy. En parte por eso y por la pena que siento por ella, me cuesta escribir esto sin llorar. Ya he hablado con mi mujer y mi hermana sobre ello, pero por alguna razón necesitaba escribirlo, quizá para que quede constancia escrita de lo que le aprecio.

