Como muchos de mi generación, yo fui un auténtico fanático del deporte del pedal. Todavía debo de tener por casa las chapas con la cara de Arroyo, de Perico, de Kelly o de Induráin en el Reynolds. Empecé viendo en directo a Marino Lejarreta subir el Naranco, disfrité con Perico ganando el Tour, sufrí aquel año que llegó tarde a la primera etapa, gocé con Indurain, por mucho que también animase a Rominger (que para eso corría en el equipo CLAS), odié y amé a Richard Virenque y me metí muchas etapas desde el principio oyendo la monótona conversación de los dos Pedros (uno de ellos ya fallecido, por cierto).
Sin embargo el dopaje lo cambió todo para mí. No era tan ingenuo como para pensar que semejante esfuerzo se hacía con pasta y albóndigas, no, pero estaba (y estoy) dispuesto a asumir un dopaje sensato, ni más ni menos que el que asumo que existe en otros deportes. El del ciclismo (y en menor medida el del atletismo) es más salvaje. Apoyados en médicos al más puro estilo Mengele, los ciclistas se convirtieron en auténticos cobayas humanos por conseguir medrar en un deporte inclemente. Ya no se trataba de meterse productos o usar técnicas probadas y aprobadas para uso médico, sino que se pasaron a emplear compuestos testados un par de veces en animales en un afán por adelantarse a los controles. Ya no eran las anfetas que se llevaron a un paisano mío al que le compré mi primera bici, tampoco del estanozolol de Ben Johnson, hablamos de compuestos experimentales (como las EPO de nueva generación), de autotransfusiones o incluso de sangre artificial. Yo por ahí no estaba dispuesto a pasar.
Pero lo peor estaba por llegar: la desaparición de mis últimos ídolos. Tras la vorágine del escándalo Festina y entre los escándalos que estuvieron a punto de acabar con el ciclismo, sobresalieron tres tipos de los de antes. Aunque no eran mi estilo, siempre les tuve muchísimo cariño, porque combinaban un talento descomunal con una pésima cabeza. Desconozco si sus muertes tienen relación alguna con el dopaje, pero tampoco me extrañaría, pues los tres murieron en circunstancias similares. El cuerpo humano tiene unos límites que no es prudente traspasar.
El primero en fallecer fue José María “Chava” Jiménez, escalador de El Barraco (de los ciclistas siempre se sabe su lugar de origen) que improntó en mi memora aquellos demarrajes meneando muchísimo la bicicleta. Incapaz en la contrarreloj hasta extremos patéticos, en la montaña era una máquina. Sus diez victorias en la Vuelta a España dan fe de su calidad. Murió a finales de 2003 con 32 años ingresado en un sanatorio mental a causa de su depresión.
Luego fue Marco Pantani, El Pirata, un excepcional escalador (para mí el mejor de la Historia) capaz de atacar en un puerto sin nada que ganar sólo por el gustazo de acabar tercero en una etapa. Ganó 16 etapas entre Giro y Tour, además de una general de cada uno. Un fuera de serie que murió a los 34 solo en un hotel, en medio de una tremenda depresión.
El último falleció ayer: Frank Vandenbrouke. Algo más que el clásico clasicómano de los países bajos, Frank era el clásico crack capaz de lo mejor y de lo peor. Nunca llegó a dar el salto de promesa a realidad, principalmente debido a su peculiar pasotismo, pero tuvo momentos memorables, lo que le granjeó un lugar en el corazón de mi familia (no lo he dicho, pero en mi casa el ciclismo lo seguíamos todos, mis padres, mi hermana y yo). Falleció a causa de una embolia con 34 años tras varios intentos de suicidio.
Estas tres razones bastan para explicar por qué ya no veo ciclismo. Un deporte/negocio que ha acabado con la vida de tres personas un poquito mayores que yo (entre tantísimos otros) de una forma tan cruel y miserable ya no se merece mi admiración. Puede que con leyes más restrictivas y medidas policiales pueda volver a la normalidad, pero yo prefiero cortar de raíz la fuente de financiación que somos los espectadores. Muy radical, lo sé, pero es que se me han quitado las ganas de participar en un espectáculo tan macabro. Al fin y al cabo, para ver a deportistas jodiéndose el organismo prefiero el MMA.