Os voy a contar una historia de esas triviales que me pasan a mí y que me sirven para montarme mis teorías.
Ayer nos disponíamos a salir del parking de un conocido centro comercial ovetense en plena hora punta. Lo de siempre, las dos rampas de salida saturadas y una de las calles principales de Oviedo bastante atascada. Como siempre, paciencia y temple y en diez minutos en casa. Cual sería mi sorpresa cuando nada más llegar al nivel de la calle, el coche de delante se paró y puso las luces de emergencia. Gran putada, porque si dos rampas están saturadas, con una de ellas inhabilitada el lío iba a ser mayúsculo. Yo ya me puse a la ofensiva, declarando Def Con 1 y preparando todo mi arsenal para increpar al incompetente que, en vez de parar dentro del parking en algún sitio apartado, decidió que lo mejor era hacerlo en el único sitio en el que iba a porculizar a docenas (quizá cientos) de personas. Mano derecha en el claxon, izquierda en el botón del elevalunas, mirada asesina y mi mujer a la derecha, cual perro de presa, esperando una señal para saltar a la yugular. Entonces fue cuando la puerta del conductor del coche de delante se abrió y apareció el objetivo. Mis pulsaciones se elevaron y el dedo se acercó al gatillo de la escopeta recortada (puto Fallout 3, que bueno es el juego de marras). Y entonces pude ver el objetivo claramente. La presa me miró y al momento me desactivó.
Mis ojos cargados de agresividad se encontraron con una cara femenina de ojos grandes y lánguidos, ladeada unos 30º y con gesto suplicante. Tenía las manos juntadas como si fuera a rezar y en cuanto me vió vocalizó claramente una disculpa que coronó con una sonrisa angelical. Casi sin darme cuenta, mis pulsaciones bajaron, quité la mano del claxon y puse el intermitente, esperando pacientemente a que algún generoso me dejase salir del atolladero. Mi mujer, ajena a la escena, montó el pollo, pero yo no pude hacer nada, mis instintos me lo impidieron. Y me jode, porque sabéis que yo soy un adalid de la verdadera igualdad y esa tipa se merecía una andanada Trafalgar-style, por maleducada, desconsiderada e hija de la gran puta (que es lo que le hubiera dicho de haber sido un tío). Pero no pude.
¿La razón? Es bien sencilla y supongo que los tíos me comprenderán. Mi cerebro reptiliano la identificó como potencial objetivo copulatorio y juzgó que lo más prudente era no amedrentarla. No es raro, porque ya sabéis que el 95% de las mujeres de entre 16 y 45 años son follables. No me vengan con melindres, porque ése es el instinto primario de cualquiera que en una eyaculación produzca suficientes gametos como para dejar embarazadas a todas las mujeres de Europa. Afortunadamente, la evolución, la vida en sociedad, el pragmatismo y la pereza han subyugado el instinto y la mayoría somos felices monógamos por obra y gracia del neocórtex. Sin embargo, hay algo en nuestro cerebro primitivo que todavía responde positivamente a una sonrisa femenina y nos impide comportarnos como las circunstancias lo requieren. Porque supongo que de eso se trata la igualdad ¿No? Tratar a una persona de la misma manera, independientemente de su sexo. Pues eso, que ayer fui completamente incapaz.
Quizá lo peor es que era una situación completamente perdida, porque mi comportamiento fue claramente discriminatorio, pero si llego a ejecutar mi plan seguro que acabo como un ogro machista…

