La paradoja de la taquilla de Metro.

Una de las ventajas de estar solo y en el exilio (voluntario) es poder practicar una de mis aficiones favoritas: la sociología, antropología o como quieras llamarlo.Si tuviera que destacar un “descubrimiento” en este campo en estos meses que llevo aquí serían las estaciones. Una estación de tren, metro, cercanías o en un aeropuerto (que para el caso es lo mismo) es uno de los lugares más interesantes para el antropólogo urbano amateur. Basta con pararse un segundo y mirar alrededor para empezar a notar que siempre hay algo reseñable. Tengo a medio pulir varias hipótesis derivadas de esas observaciones, pero hoy me voy a centrar solo en una concreta. En lo que he denominado “La paradoja de la taquilla”.

Como en casi todas partes, en una estación suele haber dos formas de adquirir un billete: en una máquina expendedora (pago con monedas o con tarjeta) o en taquilla (Pago con monedas, billetes, tarjeta y cheque). Los pros y los contras de cada una de las formas están claros: en la máquina tratas con una máquina (para lo bueno y lo malo) y en la taquilla con un humano (idem).Yo siempre adquiero mis billetes en una máquina. Mis razones son varias: la máquina me habla en castellano (en la pantalla de inicio hay tres banderas, la francesa, la británica y la rojigualda), tengo todo el tiempo del mundo para revisar qué quiero comprar en función de dónde quiero ir, puedo cambiar de opinión sobre la marcha… y además no tengo que esforzarme en hacerme entender a través de un cristal blindado. Imagino que tu, querido lector, tomarías la misma elección. Al fin y al cabo estás leyendo esto en un dispositivo electrónico, por lo que te supongo cierta capacidad para manejarte con una máquina.Es más, asumo que la máquina sea la elección preferida por la mayoría de la gente que viaja en París. Por un lado, los nativos la preferirán por lo fácil que es ir a tiro fijo  (en dos clics ya tienes tu billete), por otro lado, los millones de turistas la preferirán por poder utilizar su propio idioma y por lo cómodo que resulta teclear un destino en lugar de pronunciarlo (Richelieu suena como “Guishlie”, por poner un ejemplo). Teniendo todo esto en cuenta, las colas ante las máquinas sean kilométricas… pues no.

Nada más lejos de la realidad.Para mi continua sorpresa, las colas son kilométricas para las taquillas, mientras que las máquinas permaneces solas, esperándome a mí. De hecho en la estación de tren del aeropuerto Charles de Gaulle hay esperas de 15 minutos para adquirir un billete en taquilla (Iba a hacer una foto, pero bastó la mirada desaprobadora de un soldado franco-tahitiano para que dejase la cámara en el bolso). Y es algo que no alcanzo a comprender. Al principio pensé que se trataría de problemas de edad, cultura o relacionados con el método de pago (hace falta una Visa o una Master Card, que no Maestro), pero no es eso. La gente que está en la cola de la taquilla humana es una muestra más o menos aleatoria de la sociedad. Hay jóvenes y viejos, negros y blancos, ricos y pobres. Quizá los que no están ahí son los japoneses, que tan organizados ellos ya llevan el billete desde casa (ignoro cómo, pero el caso es que lo tienen). El ser humano es un animal curioso. Somos capaces de adquirir habilidades durante toda la vida (en función de nuestras capacidades innatas y de la edad, claro está) y, por mucho que nos cueste adquirirlas, en cuanto las dominamos nos olvidamos del proceso de aprendizaje. Sí, querido lector, ahora te parecen trivialidades, pero te costó quitarte las ruedinas de la bici, te costó aprender a nadar y te costó coger tu primer avión. A lo mejor ahora te parecen trivialidades, pero jamás olvides que para mucha gente son verdaderas dificultades. Muchos porque todavía no han aprendido, otros porque sus capacidades no les permitirán aprender y otros porque carecen de la confianza suficiente para lanzarse a lo desconocido.La taquilla humana tiene cola porque la máquina es implacable. Ni te da los buenos días, ni te ayuda cuando tartamudeas ni es capaz de adivinar cuál es la mejor forma para ir del aeropuerto a tu hotel. Exige que tengas cierto conocimiento de antemano, que tengas ciertas habilidades y que puedas pensar y decidir por tí mismo. La taquilla por contra está atendida por un humano. Poco importa que sea extranjero, que esté tras un cristal y que te hable por un micrófono. Es capaz de mirarte a los ojos y de esbozar una breve sonrisa cuando consigue entender lo que le has pedido. Y esa sonrisa, esa mueca forzada, es una pequeña reafirmación, un pequeño cable de esperanza al que muchos necesitan agarrarse.

Las implicaciones de esta pequeña anécdota te las dejo a tu propio criterio.

9 pensamientos en “La paradoja de la taquilla de Metro.

  1. Este artículo me ha recordado el concepto de “lugares democráticos” de Marmolillo.

    Creo que hay un matiz más que explica lo que pasa. El ser humano es imitador. Es una capacidad que supongo que fue clave en nuestra evolución, cuando un tipo en la caverna hacía fuego frotando una ramita con una piedra era esencial que los demás también lo hicieran.

    Pero ahora es una rémora. El turista que llega de un largo viaje a las taquillas del tren y ve que hay una cola larguísima para hablar con un ser humano y una docena de máquinas vacías lo primero que piensa es: “lo de las máquinas será un puto lío, mejor hablo con el de la taquilla”.

    También hay un momento que simplemente el servicio decide que o aprendes a entenderte con la máquina o no viajas. Eso ocurre por ejemplo en Londres, donde en la mayoría de las estaciones sólo tienes la opción de venta automática y allí sí que experimentas lo de hacer cola para hablar con una máquina.

  2. Anoche, cuando cogí el Metro en La Latina serían las 00:15. En esa estación había tres máquinas y una taquilla. La chavalada que iba a comprar los billetes para irse de marcha estaban en la taquilla, mientras que las tres máquinas estaban sin nadie. A mí, que siempre uso las máquinas, me resultó muy curioso. Sirva también como ejemplo para lo que cuentas.

    No sé en cuantas paradas de Metro quedan taquilleros, pero en las que hay, siempre tienen cola. En MetroSur (línea 12 para el sur/suroeste de Madrid) no hay ni un sólo taquillero.

    Me da la sensación de que la gente busca el contacto humano cuando compra algo. Llámalo ‘colchón de seguridad’, si quieres.

  3. Yo soy capaz de echarme gasolina en una gasolinera de autoservicio, pero prefiero conducir varios kilómetros para que un gasolinero me sirva.

    Con eso mantengo un puesto de trabajo, y quien me realiza el suministro es alguien mucho más experto que yo, y con conocimientos de cómo actuar en caso de emergencia, cosa que yo no tengo.

    Obviamente, también adquiero los billetes en la taquilla en lugar de en la máquina.
    :-)

  4. @Antonio: Pues es un argumento en el que no había pensado. Yo también prefiero las gasolineras servidas, al fin y al cabo son al mismo precio que las autoservicio. En el caso de las taquillas no lo había pensado, pero me temo que no me apuntaré. La cola es demasiado larga y la alternativa es demasiado fácil, pero está claro que es una razón muy válida para comprar en taquilla.

  5. Yo siempre uso máquinas. Más cómodas, más eficientes y no te miran como si les estuvieras jodiendo la partida de Solitario. Claro que también es porque me gusta ser autosuficiente e intento no molestar a nadie si no necesito ayuda. “Asocial”, lo llaman xD

  6. Las máquinas son de lo menos intuitivo que hay. A veces tardo el triple de tiempo en sacar un billete de la máquina que en ventanilla. Ahora pensarás “esta tía, que rarina es…”, pues sí, soy rara y patosa como yo sola PERO en mi defensa diré que, si hubo un tiempo en mi vida que pude aprender a programar en 8 lenguajes distintos, un display de éstos no debería ser un problema… pues para mucha gente como yo es un puto infierno, sobre todo cuando no te reconoce monedas, devuelve billetes, no reconoce tarjetas con la banda magnética un poco sobada… vamos, no es miedo a lo desconocido, es falta de entendimiento porque de ergonómico no tiene nada…

    Además, si te confundes al sacar el billete, necesitas trípticos, mapas o respuestas a preguntas te todo tipo vuelves de nuevo a la taquilla. Por algo siguen existiendo, hay cosas que no puede suplir la máquina, al menos de momento.

  7. Esto de las máquinas VS las taquillas es algo de lo que ya me había dado cuenta desde que las pusieron en las estaciones de tren españolas. Normalmente cojo el tren de Vigo a A Coruña, y mientras el grueso del público hace colas de 5 o 6 personas en cada ventanilla, habiendo 3 o 4 ventanillas abiertas en horas punta, la máquina está sola, triste y abandonada.
    Vale que la primera vez que la uses tardarás un poquito más en encontrar el botón que tienes que pulsar. Pero caray!, que los de mi generación y posteriores hemos nacido con un ordenador debajo del brazo.
    Desde luego, mejor para mí que me ahorro las colas. Los demás que sigan dando qué hacer a los taquilleros que el INEM está petado

  8. Aquí en Londres también hay unas colas tremendas en las taquillas, pero yo creo que los motivos son más simples: solo hay una taquilla (mientras que hay un montón de máquinas) y, sobre todo, la gente va a la taquilla por cosas más complicadas y/o que llevan más tiempo, como bonos y cosas así, además de los típicos turístas que no se enteran, claro…