Parece ser que es el tema del día, que todos tenemos que opinar del asunto, así que no me voy a cortar.
Si hablamos de la Ley en sí, pues me remito a lo que ya sabemos: que es una imposición de la Industria de contenidos (radicada en EEUU), acorralada en la defensa de un modelo de negocio obsoleto. Creo que este argumento basta y sobra para rechazarla. Sólo comentar que me sorprende la cantidad ingente de personas de Internet que han descubierto que los políticos no están al servicio del interés común, sino que más bien son los brazos ejecutores de unos pocos. Mucho ingenuo está saliendo del armario estos días. Por otro lado, felicitar una vez más a Álex de la Iglesia por dos cosas: por reconocer que se había equivocado y decidir reunirse con la otra parte del problema y por su decisión de dimitir al haberse aprobado la ley. Actitudes como esa son las que necesita nuestro país.
Si hablamos de qué hacer con el problema, que para mí es un debate mucho más interesante, pues entonces lo primero que se me viene a la mente es analizar qué es lo que hago yo para “consumir contenido cultural”:
Música.
Hace meses que no me bajo música al ordenador (con excepción de la filtración de la BSO de Tron). ¿Por qué? Porque puedo acceder cuando quiera a toda la música que me apetece escuchar. ¿Cómo? Muy sencillo: pago casi 10€ al mes por ser usuario premium de Spotify. A cambio accedo al 98% de los artistas que me interesan y tengo una aplicación nativa en Linux (además de otras ventajas que no uso). Además mis amigos me recomiendan canciones y puedo crear, compartir y buscar miles de playlists que mejoran mi experiencia musical. ¿Es perfecto? Seguramente no, pero me vale.
Cine.
Somos socios de uno de los pocos videoclubes que quedan en Oviedo (Colás) y alquilamos DVD y Bluray por un poco menos de 1,50€. También vamos de vez en cuando al cine, en una de las ciudades más caras de España para ello. Cuando la peli que quiero ver no está ni en el cine ni en el videoclub, la busco en Demonoid y me la bajo por torrent.
Series de TV.
No soy mucho de engancharme a series de TV, pero cuando lo hago me gusta verlas en VO y llevar mi ritmo. De momento sólo es posible hacerlo con el torrent.
Libros.
Me gusta el libro como objeto y tengo un Kindle. Me temo que a partir de ahora compraré y descargaré en función de factores como calidad de la edición, precio, interés en el libro y otros.
Dicho todo esto, está claro que ni soy un usuario todogratis (no voy a decir pirata para no entrar en la discusión estúpida de legal o ilegal), ni soy un usuario del sXX (y antes). Autoanalizándome, descubro un patrón: me gusta pagar porque necesito sentir que mi dinero sirve para compensar el coste de crear y traerme el entretenimiento (como el Spotify y el videoclub), pero no pago si el precio es elevado o la alternativa pirata es mejor (como las series de TV y los libros). El ejemplo de Spotify es para mí paradigmático, si pudiera ver películas, series y leer libros con la facilidad con la que estoy escuchando música ahora, pagaría gustosamente por cada cosa. Es más, yo sería feliz si ese modelo introdujese el concepto de proporcionalidad, es decir, que mi dinero se repartiera equitativamente entre los creadores (en sentido amplio) implicados en la creación del contenido que yo he consumido. Creo que Spotify no lo hace, por lo que me da un poco de asquete que parte de mi dinero se lo lleve Alejandro Magno. Y esto es sólo un ejemplo, porque alternativas hay miles. Mientras tanto, pues seguiré haciendo lo que hago hasta ahora, que no me causa ningún problema moral ni económico.
Con lo que yo no estoy dispuesto a comulgar es con un sistema que se niega por todos los medios a entrar en el sXXI, con gente que no comprende que es mejor “unirse a ellos que luchar contra ellos”, con 70 años de derechos de autor gratis (me gustaría que fuesen más parecidos a las patentes, que se pagan y caducan antes) y con que mis representantes se arrodille para chupársela al empresario de turno. Tampoco pienso comulgar con los lloriqueos de los trabajadores de una industria moribunda, porque también se fueron al paro los balleneros, los telegrafistas, los fogoneros, los deshollinadores, los cristaleros y tantos otras víctimas del progreso.