Bueno amigos, Lost se ha acabado y creo que es mi deber hacer un post justo ahora, con la emoción todavía a flor de piel.
He visto el último episodio con la misma ilusión con la que he visto las docenas de episodios de esta serie, con curiosidad por ver si se aclaraban algunas cosas, con ganas de ver el final y con la pena de que el ritual que acabo de hacer nunca más va a volver a ocurrir.
A cambio, mis queridos lectores, he obtenido algo mucho mejor de lo que esperaba al principio de esta temporada. ¿Respuestas? No: EMOCIONES. A medida que he visto el episodio he ido lagrimeando, saltando y aplaudiendo y poco a poco me he dado cuenta de que las incógnitas sobre estatuas de tres dedos, iniciativas Dharma o humos negros no eran más que tapaderas para encubrir una serie sobre sentimientos, infinitamente más humana de lo que pensábamos los que al principio hablábamos de ella como la heredera de expediente X. Por eso creo que el final ha estado más que a la altura de una de las mejores series de la Historia. Otro día desarrollo el tema más, que ahora tengo que recuperarme.
No quiero despedirme sin dejar constancia de la cara que se me ha quedado al ver el final. Creo que os ayudará a entender lo que dice ahí más arriba.
No lloraba tanto desde “Los Puentes de Madison”.

