Permitidme que me ponga en grampa littleonion mode.
Ya sabéis que este año los reyes me trajeron la PS3, pues bien, todo indica a que pronto me habré pasado (acabado) el 5º juego en esta consola, tras haber acabado Fallout 3, Uncharted 1 y 2 y el Heavy Rain. Ahora estoy jugando al Assassins Creed II y dado el poco reto que me plantea, no me cabe duda que lo que me queda va a ser coser y cantar. No voy a comentarlo ahora, pero sí os avanzo que el juego es entretenido, sí, pero de una facilidad extrema.
El caso es que en estos seis meses estoy manteniendo un nivel desconocido en mi historia como videojugador, en la que habré acabado una docena de videojuegos descontando los que acabé siguiendo guías de revistas (unos cuantos), los de estrategia (en los que lo que las campañas solían ser flojas y la chicha se sacaba en los mapas aleatorios o multijugador) y los que no tienen principio ni fin (tipo Sim City o Civilisation). Digamos que el post de hoy lo centro en juegos de aventura, plataformas o rol.
La primera consola que tuve fue la NES, allá por ¿1992?. En la misma creo que me terminé el Super Mario Bros 1 (una vez) y el 3 (varias veces con aquellas flautas mágicas). El Super Mario Bros 1 es un buen ejemplo de lo que eran por entonces las cosas: como no había posibilidad de salvar partida, acababas jugando un 90% en terreno conocido, casi mecánicamente, hasta que llegabas a la fase nueva, en la que te concentrabas en aprender los detalles para ir avanzando en días sucesivos. Yo las WARP ZONES las usaba para reconocer la fase y aprender, pero jamás las cogía en los “intentos buenos”, en los que siempre iba por el camino largo para acumular tantas vidas como fuera posible. Esos “intentos buenos” eran en plan expedición al Himalaya y los preparaba con mucha antelación, porque el juego era tan largo que nada podía interrumpirte después (de hecho, muchas veces llegué tarde al cole por llegar inesperadamente lejos). Al final, al cabo de meses de jugar bastante conseguí pasarmelo un día que reuní tiempo, concentración, suerte y ese plus de calidad que todos tenemos de vez en cuando. Vi el final, bastante soso por cierto, con mi hermana y jamás volví a conseguir pisar el castillo final. Como lo leen HOYGA. El resto de juegos de la NES eran así o peores, los Castlevania, el Zelda, el de Star Wars, juegos a los que metí horas pero que nunca dominé lo suficiente. Incluso había un nivel superior: Battletoads, juego precioso, tecnológicamente acojonante para la NES y de una dificultad extrema (mira en youtube y alucina vecina) del que yo jamás conseguí pasar ni la segunda fase (y mira que lo intenté).

¿Quién no lo hubiera comprado entonces?
Después de la NES me dediqué a los juegos de ordenador. Por encima de todo, destacaría la hazaña de acabar el Monkey Island, en el que os prometo que sólo usé la guía de Hobby Consolas para poder hacer algunas cosas que requerían ver colores (cosa imposible en un monitor en escala de grises). También acabé los Baldur’s Gate, que son una maravilla que espero transmitir a mis hijos y el Icewind Dale. En FPS pasé los Doom y el Duke Nukem 3D, pero en dificultades normales. En el ordenador también he jugado a juegos de dificultad elevada, como el System Shock 2 (que es un juego tremendo: terrorífico y con mucha sustancia), el Alone in the Dark (con aquellos personajes hechos de una docena de triángulos) el Sherlock Holmes y tantos otros que aparecían en los CD-Mix y que instalaba como todo hijo de vecino, jugaba horas, días con toda la ilusión del mundo y no era capaz de sacarles todo el jugo. Quizá se podría argumentar que a lo mejor estos géneros no se adaptan a mi forma de pensar y por eso me costaba. Puede ser, pero en los juegos de estrategia, que sí que domino un poco mejor, encontramos los Panzer General (y afines), que son complicados de cojones, y el maravilloso X-COM (UFO; Terror from the deep), que era un juego de putísima madre que tenía la mala leche de dejarte ventaja para aplastarte hasta el final.
¿Quiere decir esto que era un jugador frustrado? Nada más lejos de la realidad. En los 90 acabarte según que videojuego te convertía en una puta celebridad amigos. Todavía recuerdo ver compañeros con polaroids que trataban de inmortalizar esa pantalla final que acreditase la hazaña (craso error, pues las polaroids sacaban muy mal las imágenes de la tele). Para mí acabarme esos juegos que comento representó un hito, un recuerdo entrañable que tendré para siempre, una sensación de cumplir el reto planteado impagable. Ahora ya no lo es tanto. Hay tutoriales al principio del juego, hay listas de movimientos, hay pistas que salen en cuanto estás 30s perdidos, hay enemigos inferiores al prota (cuando debería de ser al reves)… Sí, es verdad que he gozado el Heavy Rain hasta extremos indecibles, pero no por el reto que me planteó. Vamos a ver, si hasta casi me pasé el Uncharted 2 en difícil, yo, que siempre he sido un manta. Yo comprendo que no se puede pagar 60€ por un juego y luego estar atascándose cada poco, pero para eso se inventaron los niveles de dificultad. A mi me mola mil repetir la misma fase varias veces, generar esa rabia alimentada por la frustración, ir a dormir todo puteado y al día siguiente pasarla a la primera. Así es como me gustan las cosas y así eran cuando yo conocí todo esto. Naturalmente hay excepciones, Shadow of the Colossus la primera que se me viene a la cabeza, pero o son imaginaciones mías, o creo que es una tendencia.
Ya no os quiero relacionar esta facilidad con la generación Ni-Ni, porque sería muy demagógico, pero hasta me apetece y todo…
Por cierto, si te parece que los viejos están todo el día diciendo aquello de “en mis tiempos…” no estás alucinando. Es una paranoia que se va activando poco a poco y que tu también vas a sufrir. Faltaría más.