Esta semana he estado de Rodríguez, con la casa para mí solito mientras que La Princess está en Granada trabajando. Estas ocasiones me permiten volver a mi estado natural de hombre heterosexual: vago, desordenado y extremadamente procrastinador. He dejado la vajilla, la lavadora, la cama, el baño y la compra para hoy y aprovecho un descanso para contaros una matrimoniada.
El lunes me dejó una lista de la compra pegada en la nevera con lo mínimo imprescindible que tenía que comprar, es decir, los items que necesitaba para pasar a la Q2. Todo muy bien expresado en cantidades, marcas y presentación. Sin embargo, al final de la lista había algo raro: “Galletitas ricas”, así, sin más. Nada más verlo, supe que las iba a pasar canutas en el super, de hecho acabo de estar 10 minutos eligiéndolas. ¿Cómo es posible?
Veréis, yo hace años que desistí de intentar comprender a mi mujer. Dicen que el cerebro humano es lo más complejo del Universo, pero eso sólo es aplicable al cerebro humano femenino. Cualquier intento que he realizado en estos años para comprender los mecanismos internos de sus razonamientos ha sido en vano. En lugar de buscar razones, me he creado un modelo que trata de predecir su comportamiento en determinadas situaciones, sin preocuparme, naturalmente, de las razones subyacentes. Es algo así como el modelo Ptolemaico, que era capaz de predecir los movimientos planetarios y los eclipses aun a pesar de sostener que la Tierra era el centro del Universo. Pues yo igual, pero sin sostener nada.
Según mi modelo, cuando mi mujer llegue a casa después de unas cuantas horas de viaje, va a deshacer las maletas, a asearse y a hacer un chequeo de la casa. Una vez comprobado que todo está en orden y habiéndome señalado las cosas que he hecho mal (a drede, para darle algo de vidilla al asunto), se va a poner el pijama, a meter en la cama y va a pedirme un vaso de leche, un yogur y sus galletas. Y entonces, empiezan las variables.
A) Si está de buen humor. En este caso, cualquier cosa le vale. Hasta las galletas maría más infames que se puedan imaginar entrarían dentro de la definición de galletitas ricas. Es su estado natural el 95% de los días, pero me temo que hoy no va a ser el caso.
B) Está de mal humor. No es que sea huraña ni hosca por naturaleza, nada más lejos de la realidad. Pero dos aviones, control de equipajes, una semana fuera de casa trabajando y aguantando a matasanos no son precisamente cosas que le agraden. Por lo tanto, es mejor acertar con las galletitas de marras. El problema es que en este estado, es muy jodido acertar.
- Sus favoritas. “Jo, que poco original eres, podías habértelo currado un poco más ¿No?”. Yo le señalaría lo mucho que le gustan y ella diría “Pero es que quería algo especial”.
- Danesas. Hechas con mantequilla y en lata. “Buff, esto engorda mucho ¿No ves que van todas al culo?”.
- Light. “¿Es que me ves más gordita?” Quizá la peor opción. Luego me tocaría darle el discurso de las curvas y demás y aun así no la convencería.
- Nevaditos. Son como polvorones cubiertos de azúcar. Muy ricos, pero empapizan una barbaridad y vienen un montón en cada caja. Torcería el morro ante la monotonía.
- Con chocolate. “Me salen granitos”.
- Carajitos. (Hechos en Salas, a unso 50km de Oviedo) “Para pillarlos en el super mejor íbamos a Salas, tomábamos alog y volvíamos”
- Walkers. “Muy ricas, sí, pero vienen muy pocas en la caja”.
- De coco. “El coco me gusta, pero no sé que tiene que me cansa al rato”.
Y así podría seguir un rato relatando todas las galletas que hemos comprado alguna vez (y de las que ella ha disfrutado) pero con las que en cualquier caso hoy hay posibilidades de cagarla. Insisto, generalmente no es una rompehuevos, pero creo que eso viene de serie con la disomía del X. Al final me he comprado un surtido de esos que traen todos los tipos imaginables y que además viene en una caja muy mona que puede ser reutilizada. Me costó decidirme, porque es demasiado obvio y el efecto sería mejor si acertase con las que le fuesen a apetecer, pero como os he contado mi modelo predice que corro peligro con todas.
Lo más sencillo hubiera sido que me dijese un tipo y no haberme obligado a pensar (cosa que odio hacer en el super), pero claro, entonces la vida en pareja perdería mucho de su encanto ¿Verdad?. Luego os cuento a ver qué tal…







